Los juegos de sadomasoquistas, aunque sean ligtht, no son solo una escenificación con vestuario adecuado y actuaciones.
Hay otros protagonistas: Los complementos que transmiten estímulos casi con sólo verlos. Con ellos se proporcionan esas sensaciones intensas, las que generan el placer esperado.
Los látigos de cuero o de tela son un clásico pero también guardan sorpresas….El desarrollo constante de la industria del sexo ha permitido que los nuevos juguetes se centraran en lo lúdico y no sólo en el dolor que puede proporcionar. Con esta idea han sido creados novedosos diseños. A los látigos con mangos de madera o metal y siete o nueve colas de cuero. De medio metro aproximadamente, se agregan algunos más sofisticados: Uno de ellos tiene por mango un pene, para castigar a la amante y hacerla desear con una felación simulada o también para juegos solitarios de masoquismo. Otros látigos está decorados con perlas y pintados de dorado o plateado con una demostración de poder y sofisticación para impresionar al esclavo. También ha evolucionado el diseño de las fustas. Las hay de cuero y de plástico. Una de las últimas novedades de las fustas con vibración. Tienen el mismo diseño: un mango, una vara que supera el medio metro y una pequeña superficie con la que fustigar al amante. Sin embargo, la empuñadura se ha convertido ahora en un mando con un motor vibratorio que transmite las ondulaciones a través de toda la fusta, de modo que se puede alterar el castigo con excitantes vibraciones en cualquier parte del cuerpo.
Las palas de cuero son otra variante sofisticada para provocar el efecto de castigo deseando en las nalgas de su esclav@.
Su efecto sonoro es mucho mayor que el dolor que provocan y llevan dibujos o palabras grabadas en el relieve. Después de haber golpeado repetidas veces los glúteos, sobre la piel enrojecida se podrá ver el dibujo de un corazón o leer la palabra love, entre las posibilidades, sobre la piel del amante.
El era su jefe. Ella trabajaba bajo su dulce encanto durante todo el día, pero por la noche, fuera de la oficina, la historia cambiaba. Todo estaba en silencio. De pronto comenzó a escuchar los chasquidos del látigo que resonaban en el pasillo. Cada golpe sonaba más cerca. Era su ama que se acercaba. A él no le gustaba estar desnudo, expuesto y sentado en la silla de cara a la puerta, como si fuese una celda de castigo y estuviera esperando a que le aplicaran un severo correctivo. Se sentía indefenso. Sin embargo la situación lo subyugaba. Los sentimientos eran contradictorios, le disgustaba la situación pero al mismo tiempo era un imán que lo atraía y lo excitaba. Ella abrió la puerta de golpe y apareció ante él como la pesadilla deseada. Estaba imponente con su cuerpo cubierto por un mono negro de látex que dejaba asomar sus pechos por el escote.
En la mano derecha llevaba una muñequera de cuero y el látigo. Él nunca sabía que iba a pasar en cada encuentro. Ella lo miraba sabiendo que durante las próximas horas ese cuerpo y esa mente serían suyos y que ella podía hacer lo que quisiera con ellos. Lo amordazó, el silencio era parte del juego. Hizo resoner el látigo con un golpe seco, y con los ojos le indicó que se pusiera depie, luego le ordenó que se diera la cuelta y la punta del látigo fue recorriendo su espalda, desde la nuca hasta las nalgas como si fuese una caricia engañosa: terminó azotándole mórbidamente los glúteos y los múslos. Él se conmovía con cada golpe que le escocía. Y la irritación que provocaba en su piel se trasladaba a su erección.
Cada vez se sentía más estimulado: esperaba las látigasos con ansiedad. Su mente quedaba en blanco con cada chasquido: sólo tenía ojos para aquel látigo que simbolizaba su satisfacción. Le dijo que se sentara y le envolvió el pene con el látigo como si fuese su lengua. El temor y la exitación se confundían con su cara. Indefenso, sentía crecer el deseo, mientras temía que su miembro fuera castigado. Ella se acercó hasta que sus pechos quedaran a un par de centrimetros de la boca de su amante.
Cuando sintió su mano sobre un pezón le dió un latigazo en la espalda. cada caricia de çel, era un látigazo de ella. Él se conmovía con cada golpe, hasta que dejó de tocarla. Para entonces su piel estaba roja, pero ella tenía reservadas otras sorpresas…