Estaba un poco nervioso cuando toqué la puerta. “Pase,” contestó una voz femenina. Giré la perilla y entré.
El lugar era como la sala de espera del consultorio de undoctor. Había una cama de dos plazas en el centro. Las luces estaban bajas, y había una suave música de fondo.
“Hola”, dijo la mujer mientras hacía su ingreso a la habitación por la otra puerta que daba al baño. Ella vestía un uniforme verde de terapeuta y zapatillas blancas. Estaba secándose las manos con una pequeña toalla.
“Ehh, mmmm, Yo soy Pablo,” dije. “Carlos me dio tu nombre. Él una vez tuvo problemas de espalda y tú lo atendiste.”
“Oh, sí,” dijo ella, con una sonrisa y asintiendo. “Recuerdo a Carlos. ¿Cómo le va últimamente?
“Bien,” dije.
“Bien, ¿cuál es tu problema? Preguntó.
“Tengo problemas con mi hombro,” dije. Levanté mi brazo derecho y doblé mi codo. “Justo aquí. Se siente como si algo estuviera estirado.”
“Bien, permíteme encargarme de eso,” dijo ella. “Quítate la camisa para revisarte.”
Me desabotoné la camisa y la puse en la cama. Ella se puso detrás de mí y presionó sus dedos sobre mi piel. Me revisó tocándome a lo largo de mi espina dorsal y entre mis omóplatos. Podía sentir su aliento sobre mi piel y me pregunté qué estaba haciendo.
“¿Puede ver algo?
“No,” dijo ella. “necesito que te acuestes.”
“Está bien,” dije y comencé a acostarme en la cama.
“No,” dijo ella, moviendo su cabeza. “Será mejor que te dé un masaje completo. No podré ver nada hasta que tus músculos estén completamente relajados.”
“¿Qu…mmm, qué quiere que haga?” pregunté.
“Sácate la ropa,” dijo. “Puedes cubrirte con una toalla si deseas, pero necesito que estés descubierto.”
“¿Totalmente?” pregunté. La palabra se me pegaba en la garganta.
Ella asintió con la cabeza y jaló una pequeña toalla blanca de un perchero cerca de la puerta.
Aflojé mi correa y me bajé los pantalones. Traté de esconder mi pequeña erección detrás de la toalla a medida que me acostaba boca abajo en la cama. Coloqué parte de la toalla sobre mi trasero desnudo al menos para sentir algo de dignidad.
Ella se inclinó sobre mí y empezó a frotar mi espalda. Pude sentir más tensión, pero era por nerviosismo pues estaba desnudo en frente de una mujer extraña. Ella se inclinó y me dijo en voz muy baja.
“No te preocupes, estás en buenas manos.”
Traté de asentir, pero no es fácil cuando uno está boca abajo. Sólo cerré mis ojos y le permití hacer tu trabajo. Ella masajeó mis hombros y cuello, luego mis brazos. Fue desde mi cintura hasta mis pantorrillas y luego mis muslos superiores.
“¿Cómo te sientes ahora?” preguntó.
Quería decir “Muy bien,” pero sonó más como “Mmmm…Mmmmm.” Mi cabeza estaba hundida en la cama.
Ella rió suavemente. “Bien.”
Yo estaba tan relajado que no noté que ella ya había dejado de masajearme por un minuto, pero lo que sí noté fue cuando ella subió a la cama y se sentó a horcajadas sobre mí, como si ella fuera el jinete y yo el caballo. Ella estaba sentada justo detrás de mi trasero, de cara a mi espalda. Ella se inclinó para presionar sus dedos sobre mi hombro endurecido. Dolía, pero era delicioso.
“¿Sientes alivio?” preguntó.
“Oh, sí,” dije y realmente hice un esfuerzo para conseguir que me entendiera.
“Bien,” dijo ella a medida que se inclinaba.
Todavía podía sentir sus manos a medida que acariciaba mi piel, pero también noté algo más. Dos suaves y tibias formas tocaban mi espalda y me di cuenta de que ella se había sacado la prenda superior de su uniforme.
Quise voltearme para ver a la mujer sin sostén que estaba sentada sobre mi espalda, pero ella me mantuvo inmóvil. Ella rió otra vez. “No te muevas.”
Ella se puso con la espalda erecta y empezó a deslizar sus caderas hacia adelante como si estuviera cabalgándome, luego se inclinó y lamió mi espalda. Agarró mis costados y los apretujó. Arrastró sus pechos contra mi piel y se detuvo con su boca cerca de mi oído.
“¿Dónde duele ahora?”
Para ser justo, sólo había una parte de mi cuerpo con una sensación que podría llamarse dolor. Mi verga.
“Voltéate,” dijo y su voz tenía un tono que me obligaba a obedecerle.
Ella se levantó un poco, justo lo suficiente para que yo voltee, y descendió sobre mí de modo que ella estaba casi sentada cobre mi pene completamente erecto.
Se inclinó sobre mí, arrastrando sus pezones a través de mi pecho. Sus ojos nunca se apartaron de los míos. Ella observaba mi reacción ante el show que estaba presentando. Yo estaba disfrutando cada momento.
“¿Cómo sientes tu hombro? Preguntó ella.
“Para saberlo, aprieta mi hombro,” dije.
“Preferiría que tú me aprietes,” dijo.
Le agarré de las caderas y la deslicé a un lado. Me puse sobre ella y agarré la parte superior de sus pantalones y los bajé hasta sus rodillas. Ella levantó su pierna izquierda de modo que yo pudiera jalar de la basta. Ella movió su otra pierna para liberarse del resto de sus pantalones. Quise colocarme encima de ella, pero ella no lo permitió y agarró mi pene. Lo lamió, haciéndome cosquillas en la cabeza de mi pene con su lengua. Luego lo metió en su boca.
Me dejé caer en la cama y le permití chupármelo por un rato. Era una experiencia alucinante, pero yo quería más que eso. Justo cuando yo estaba a punto de estallar aparté su cabeza de mi entrepierna y la empujé de vuelta a la cama. Ella forcejeó un poquito, pero me deslicé encima de ella otra vez e inmovilicé sus brazos con mis manos.
Ella me miró a los ojos y dijo, “Sí.”
Yo estaba tan erecto que no tomó mucho tiempo penetrarla totalmente. Fue increíble. Ambos estuvimos jadeando intensamente. Nunca en mi vida había oído quejidos de mujer tan excitantes. Cada uno de sus gritos me estimulaba aún más. Casi estaba a punto de venirme cuando todo su cuerpo comenzó a estremecerse. Eso me enloqueció más. Eyaculé como nunca y en varias oleadas.
Finalmente ella me ayudó a apartarme y colocarme sobre mi espalda.
“Atiendo citas regulares los martes,” dijo. “¿Te parece bien a las 4:30 pm?
“Sería fantástico,” dije.
“Bien,” dijo ella. “Lo anotaré en el calendario